LOS TIEMPOS DESCONJUGADOS

Te levantas como cada mañana, bruscamente, y paras el despertador. Te aseas rápido, la misma rapidez con la que tu mente ya está pensando en las tareas del día. Te vistes sin prestar atención porque, al mismo tiempo, con veloces movimientos malabares preparas el desayuno. Sales encogido a la calle y con paso acelerado te acercas al coche. Lo primero que haces, al arrancar su motor, es mirar la hora para cerciorar que no vas tarde. La jornada laboral transcurre frenéticamente y sin darte cuenta, a penas has parado para hacer una pausa, y echas en falta tiempo para lo que ha quedado pendiente.
Vas de camino al gimnasio, intentas recuperar inspiraciones y espiraciones pero es en vano, ya están perdidas y no hay tiempo. Cambio apresurado de ropa. Cuentas los minutos de estiramientos, realizas las rutinas calculando los tiempos, las repeticiones, aún con el pie pisando el acelerador. Acabas el entrenamiento y te duchas con presura. Inmediatamente al salir, vas a comprar al supermercado, raudo, sin percatarte por donde pasas ni de lo que allí sucede.
Con paso ligero llegas a casa. Suspiras por tanta precipitación acumulada. Preparas rápido algo de comer, resultado culinario simplificado que apenas dedicas un momento a saborear. En el sofá ves un capítulo de esa serie que te gusta y juegas un rato a la consola pero realmente no te diviertes porque no estás enteramente presente. Una parte de ti se va al reciente pasado y de repente da un salto al lejano futuro.
Ahora estás en la cama, sueltas el pedal de aceleración pero quedan los restos de ansiedad por la carrera diaria. Lees varios capítulos de un libro antes de desearte a ti mismo las buenas noches. Sabes que el sueño se demorará porque tu mente divagará, se perderá, en distintos tiempos: pretérito imperfecto, condicional simple, futuro compuesto…

 

¡Deprisa! ¡Rápido! ¡Ya! ¡No hay tiempo! Expresiones de falsas premuras que he adquirido, junto con otras tantas instrucciones, durante el adiestramiento hacia una vida falsificada que dificulta el propio ser, sujeto natural y libre.
Los tiempos desconjugados se contraponen, se menoscaban, se precipitan vertiginosamente enredándose por el miedo a perderlos.

Ahora, en este momento presente, donde anteriormente muchas veces he estado ausente, soy consciente del instante único. La ocasión para vivir se consigue realmente estando en el presente con el cuerpo, la mente y el alma. Sin prisas, en calma, observando la belleza de alrededor y palpando la vida, empezando por sentir algo tan particular del ser como el latir del inherente corazón.

Fotografía de Tokio: Miguel Morenatti
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